Las personas traídas forzosamente desde África a Montevideo, fueron considerados “cosas” Profesor Edgardo Ortuño

“Si bien uno habla y piensa en estas cosas bastante seguido, cuando hay materiales históricos no deja de sorprenderse sobre ese crisol de razas y de etnias que construye lo que es hoy la identidad latinoamericana y también la uruguaya la llegada de africanos que cruzaron el océano en cantidades realmente importantes y significativas”.

 

Aspectos fundamentales de la intervención del profesor Edgardo Ortuño (docente de Historia, exdiputado y actual subsecretario de Industrias en el evento de la Casa Afrouruguaya realizado en El Centro Cultural de España.

 

“Lo primero que quería compartir con ustedes era esa imponente cifra que las estimaciones más serias – e incluso modestas – de llegada de africanos a estas tierras, ubican en los doce millones de personas, de hombres y mujeres africanos, que cruzaron obligados el océano para ser traídos a estas tierras americanas entre los siglos XVI y XIX. Esta estimación es entre 1500 y 1867 y lamentablemente no pudieron sobrevivir en su totalidad por el alto índice de mortalidad, por las condiciones brutales de los barcos negreros, de la aculturación y de la combinación de castigos físicos y padecimientos emocionales de esa situación, que ubica esta mortalidad – en las estimaciones más modestas – de un 20%, porque morían en cada viaje muchos de ellos. Y ese tránsito de la esclavitud recorre un itinerario, desde esos orígenes de la colonia española y portuguesa, que, naturalmente, inicia la concentración y el trabajo y el uso de mano de obra esclava en las minas de oro y de plata. Y, por lo tanto, es una historia que comienza en México y Perú pero que rápidamente se expande hacia las zonas de plantaciones caribeñas – fundamentalmente de colonización y conquista portuguesa (Brasil y el Caribe) – pero que llega a Sudamérica en una expansión y uso y explotación de esclavos en todas las tareas.

 

Y ahí es donde están esas raíces diseminadas con esa presencia africana en Montevideo. Porque las estimaciones de llegada a estas tierras del Río de la Plata, que entre el siglo XVII y XVIII ubica más de 30.000 africanos llegando al sur, sobre todo hacia mediados del siglo XVIII, y aumenta significativamente la intensidad de la llegada de africanos al Río de la Plata, sorprendiéndonos con una cifra de más del doble de lo acumulado en más de un siglo y medio de llegadas, en tan sólo medio siglo. En la segunda mitad del siglo XVIII, entre 1786 y 1810 o 1812. En los tiempos de inicio de la Revolución Oriental llegaron a estas zonas 60.000 africanos que se radicaron, fundamentalmente, aquí en la Banda Oriental y en la zona de Sudamérica. Y la clave y la importancia de este aumento, de esta llegada tan rica de la esclavitud a nuestra región, se origina en el hecho de que nuestra ciudad de Montevideo – en la que hoy estamos rastreando las distintas huellas y, en particular, la huella africana, que hacen a su identidad – es declarada en 1791 como el único punto de entrada de negros africanos, no sólo para lo que hoy es el Uruguay – para la Banda Oriental – sino que para todo el Río de la Plata (imaginemos el Mercosur) – pero también para Chile y Perú. Y esa Declaratoria de Montevideo y esa definición de Montevideo como el único punto de entrada de negros para toda Sudamérica, naturalmente, redundó y se expresó en una presencia negra muy fuerte en la ciudad de Montevideo y una presencia que – si bien de allí se diseminó a toda la región – se mantuvo y, de alguna manera, marcó y matrizó las características de la sociedad montevideana de la colonia y post-colonial después de la Revolución y yo diría, también, en el Uruguay independiente hasta el tiempo de hoy.

 

Dicen las estimaciones serias que esa presencia llegó a ser tan fuerte que, a principios del siglo XIX, ya en Montevideo había una presencia de afro de un 30%. Prácticamente 3 de cada 10 montevideanos eran africanos. Y esa presencia tan importante, que se mantuvo, porque la llegada de la independencia al país en 1830, seguía marcando en los recuentos de población una presencia no menor al 20%, algunas veces el 25 y en otros momentos se mantenía el registro del 30% de población negra en la ciudad de Montevideo, aportó no sólo el trabajo, no sólo la fuerza que, de alguna manera permitió avanzar hacia la riqueza y crecer a esa sociedad montevideana, a esa región y luego a nuestro país, sino también permitió dejar una huella y un aporte cultural que lo reconocemos hasta el día de hoy, en el día a día.

 

En segundo lugar, luego de fundamentar esa presencia y esa fuerza afro en Montevideo y en esas hondas raíces, una presencia cuantitativa mucho mayor de la que muchas veces sabemos y reconocemos (y que todavía hoy tiene una presencia cuantitativa mucho mayor de lo que se sabe) fue también una presencia cualitativa muy fuerte. En primer lugar, en lo que tiene que ver con el aporte en la calidad del trabajo – fundamental para el crecimiento de la ciudad y que me lleva a la segunda revisión por el camino que yo me trazaba acá y denominaban de la “cosificación”, de la supervivencia y de la identidad. Porque esa enorme cantidad de personas que fueron traídas forzosamente desde África, no tenían derecho como tales y fueron considerados como “cosas”, como un bien y como un objeto de trabajo por parte de sus amos. Incluso, de acuerdo a las normas que se pueden codificar y elaborando sobre ellos. Y el esclavo se definía, fundamentalmente, en función de su amo y del servicio que debía prestarle a ese amo en aquellas épocas, quien debía brindarle, sí, vivienda y alimento (en aquella época, guisos y sopas, ponchos y chiripás, la ubicación en los segundos patios de las casas urbanas o en las casas de servicio en el campo). Y a partir de esa relación amo/esclavo, del patrón con la “cosa”, se estableció no sólo como práctica sino como derecho, el uso de la fuerza y de condiciones muy malas de convivencia. Este fue el primer elemento que marcó – de alguna manera – junto con esa inmigración forzosa, la presencia de negros en Montevideo en aquella época.

 

Lo segundo fue el trabajo. A diferencia de lo que se planteó y se dijo durante mucho tiempo en los manuales de historia, donde se asociaba el trabajo esclavo exclusivamente en aquellos tiempos al servicio doméstico, a la función en las casas de familia y el apoyo a las señoras de los amos y, de esa manera también, plantear y justificar una relación y una condición de vida distinta del negro en la sociedad uruguaya en la sociedad montevideana. Una esclavitud más amable, menos cruel que en las zonas de las plantaciones en el norte, en Estados Unidos, en Brasil. Hoy sabemos por la investigación histórica que, en realidad, el negro y la negra fueron utilizados como trabajo esclavo en todas las áreas de actividad, sobre todo en las más duras de aquella sociedad montevideana.

 

Y, justamente, citando estas nuevas investigaciones, yo quiero citar un párrafo del trabajo de “La Breve Historia de los Afro-Uruguayos”, en la que trabajó Óscar Montaño, donde destaca este concepto de decirnos que: “los esclavos fueron la mayor parte de la fuerza de la economía urbana y rural del territorio oriental y que su trabajo se utilizó en casi todos los rubros de la época colonial durante el período revolucionario y también tras el establecimiento del Estado Oriental, del nacimiento del país. El servicio doméstico sí fue fundamental para los fundadores, pero era sólo parte de las actividades que desarrollaban los negros esclavos. Trabajaban como vendedores ambulantes, como lavanderas, planchadoras, costureras y en las operaciones portuarias, en la estiba, una actividad tan importante para una ciudad puerto como Montevideo. Pero también desarrollaban oficios, como: zapatería, sastrería, carpintería, albañilería, herrería y fueron empleados en establecimientos de producción y comercio, como eran los saladeros, las panaderías de la época, las vinerías u otros comercios. A nivel rural y urbano, en los saladeros, se poseían altos niveles de participación esclava en varios oficios, en varias tareas, como: troperos, carneador, chirimango, deshuasador, salador, entre otros. En operativas y actividades que requerían muchas veces la cercanía del puerto en la ciudad de Montevideo y que, de alguna manera, también determinaban la localización en el espacio urbano y de la concentración de las poblaciones negras africanas”.

 

Desde esta perspectiva, entonces, de trasplante, de inmigración forzada, de presencia en nuestro territorio como “cosa”, al servicio de distintos oficios y trabajos, el africano trató de sobrevivir y sobrevivió. Y lo hizo – y este es uno de los últimos elementos que yo quiero compartir, porque creo que lo disfrutamos hoy como esa herencia y esa presencia – a partir de la reafirmación de la identidad de sus orígenes y de su cultura. Y lo hizo en esa forma de resistencia cultural frente a esa aculturación que supuso el alentar, justamente, a la población de su cultura y de su entorno africano, manteniendo algunos elementos claves de su cultura y estableciendo una mezcla con elementos de la cultura dominante, donde fue introducido en esa suerte de sincretismo cultural que vivieron nuestras sociedades. Para eso fue fundamental la religión, las creencias religiosas que llegaron, porque las trajeron consigo a nuestras tierras y las mantuvieron y, de alguna manera, les permitieron sobrellevar esa durísima existencia. Para eso fueron fundamentales los espacios de encuentro para mantener esas creencias religiosas, fue fundamental el relato oral de lo que venía del África y de lo que se trasmitía aquí. Y por lo tanto, también, en ese contexto fue fundamental la tarea de las mujeres y de los adultos mayores y fueron fundamentales – y con eso termino – las manifestaciones culturales diversas que fueron reproducidas y, en gran medida, recreadas en el nuevo entorno en el que debieron vivir.

 

En ese encuentro y en ese transcurso permanente entre lo permitido y lo prohibido – porque muchas de sus creencias, muchas de sus manifestaciones, muchos de sus ritos eran prohibidos – pero, al mismo tiempo, el ansia de incorporarlos a la cultura occidental, cristiana y colonial a la que habían sido trasplantados, se les permitía y se les incentivaba e impulsaba a participar – por ejemplo – de las actividades públicas y de los eventos de la religión cristiana que nucleaban al conjunto de la sociedad montevideana. Y así, por ejemplo, la participación en los Corpus Cristi o en otras manifestaciones, introduciendo las prácticas de los instrumentos, del canto y de la danza africana, es que nacen manifestaciones artísticas estrictamente afrodescendientes – y yo diría más que afrodescendientes, afro-uruguayas – como por ejemplo la incorporación del “candombe” y otras manifestaciones que, traídas en sus orígenes de África, fueron reiteradas en nuestra sociedad y perviven y marcan esa fuerza que – hasta el día de hoy – podemos reconocer, no sólo en el territorio urbano, sino en nuestra identidad.

 

Por tanto yo creo que en este presente, y sobre todo mirando al futuro, bien vale esta mirada hacia el pasado, rastreando esta presencia afro en la ciudad amurallada, pero sobre todo y fundamentalmente, apuntando a revalorizar y a reencontrarnos con esos aportes que hoy persisten entre nosotros y, sobre todo, con una memoria, con una identidad que deben sobrevivir, persistir y recrearse hacia delante, no sólo en la sociedad montevideana – que es la propuesta de hoy – sino en el conjunto de la sociedad uruguaya”.

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