Rubén Rada

Es muy difícil que el Negro Rada no contagie su buen humor, su alegría y sus ganas de vivir. Cuando relata sus experiencias de vida, sus historias y su amor por la música, canta, hace ruidos con la boca, simula ser un instrumento y te invita a que lo acompañes. Parece un niño de 68 años que jamás quiere perder la inocencia y las ganas de hacer reír; de volcar, sin esperar nada a cambio, una comicidad natural que lo hace único. Es difícil mirarlo a los ojos y no sentir orgullo, gratitud.

Nació en el barrio de Palermo, Montevideo, en 1943. Es compositor, percusionista, cantante y un gran desarrollador del candombe moderno. En sus canciones mezcló diferentes estilos musicales e instrumentos poco tradicionales. Su plan A siempre fue el fútbol, pero no funcionó porque le pronosticaron tuberculosis. Cuando era un niño, robaba ciruelas y manzanas porque quería copiarse de los ladrones, y cantaba y contaba chistes en fiestas, bares, cumpleaños, comparsas. Le gustaban la calle, los amigos y la pelota. Durante muchos años, sintió la discriminación de los otros por su color de piel; también creía que los «blancos» eran superiores, hasta que un día dejó atrás sus complejos para empezar a valorarse y a quererse.

Su carrera profesional empezó a partir del ’65 con El Kinto Conjunto, Tótem, La Banda. Más adelante se convirtió en el primer uruguayo en ganar un Grammy, gracias a la repercusión internacional que tenía su trayectoria y su trabajo en Internet. Es fan de Gardel y de los Beatles, por solo nombrar algunos. Su nuevo trabajo se titula El álbum negro, un CD con 50 temas que recorren el historial musical Rada. En la actualidad sus canciones se reproducen en todo el mundo. Paul Mccartney conoce su voz y lo admira, y Elton John quiso que tocara en su coro. Desde 2009 se comunica con sus fans vía «faisbuk» (así lo llama), y promete estar fanatizado con el «guaifa» (wi fi). El Negro transitó por muchos caminos, por triunfos, éxitos y fracasos, pero siempre va para adelante: esa es su filosofía.

 

¿Qué significa la música en tu vida?

Tendrías que preguntar qué significo yo para la música. La verdad es que mi vida es solamente música. Yo pensé en música desde chiquito, cuando ya tenía unos diez o doce años y tocaba en murgas, comparsas y en carnavales de Uruguay. Recuerdo que de niño ya hacia imitaciones de Gardel y de otros cantantes, me llamaban para que cantara y contara cuentos arriba de las mesas, en todos los cumpleaños de mi barrio.

 

¿Qué estilo musical te define?

Mi estilo tiene dos títulos. Por un lado, creo que soy un músico de fusión, world music, porque toco la música del mundo, puedo tocarte una samba, un cha-cha-cha, un merengue, una balada, un rock, un tango y mucho más. El otro de mis títulos es el hambre, porque había que tocar lo que venía. Si iba a un bar o a un hotel para cantar, me aprendía las letras y el estilo de Tom Jobim y de muchos otros. Siempre que tuve hambre, recurrí a la música. Cuando era muy niño, iba a la parrillada de un amigo que se llamaba Morrongo, y ahí cantaba para comer.

 

¿Tus padres tenían algo que ver con la música?

Mi vieja tocaba en una escuela de samba para divertirse. Mi papá tocaba un tambor de candombe: el repique. Él era muy conocido y respetado en el barrio de Palermo (Uruguay). Pero ninguno de los dos estudió música. Tampoco yo.

 

¿Es verdad que Rada se apellidaba el mecánico de Franco, el que cruzó el Atlántico?

Sí. También creo que Rada viene de los patrones que compraron a mis abuelos. La mayoría de los negros llevaban el apellido de los patrones que los compraban. Por ejemplo, si la familia Suárez compra diez negros, estos se iban a apellidar Suárez.

 

¿Cómo se traduce el candombe?

Dicen que es un ritmo que trajeron lo negros africanos al Uruguay. Para mí es algo bien fácil, algo que se mezcló con la milonga (hija del candombe). Yo lo que hice con este género fue fusionarlo con el jazz, el rock, la música tropical y muchos otros estilos. Este cambio o fusión me hizo diferente, me hizo encontrar un lugar en el medio, separarme del montón, ser un tipo distinto. Soy un tipo que cambia de ideas todo el tiempo, buscando nuevas opciones para mostrar.

 

Tu verdadera vocación era el futbol, pero no funcionó…

Yo siempre amé el fútbol. Vivía a unas cuatro o cinco cuadras del estadio, y siempre iba allí a jugar y a divertirme con amigos. Un día me enfermé y un médico me diagnosticó tuberculosis. Estuve desde el año 1945 hasta el 1947 internado en un hospital, en un barrio chiquito a las afueras de Montevideo, donde estaban recluidos los enfermos basilares y yo, alejados de la gente por miedo a contagiarlos. En ese momento la tuberculosis era como el sida ahora. Durante esos dos años, me iban curando con inyecciones de calcio, con aceite de bacalao y con oxígeno natural, ya que la penicilina apareció recién en el ’49 en Uruguay. Vi morir a muchos veteranos que eran mis compañeros en el hospital. Creo que fui muy grande de chico. Más tarde, cuando salí de la clínica, me presenté en varios clubes de fútbol como aspirante para hacer carrera profesional, pero cuando me aceptaban me tenían que hacer los análisis para la ficha médica y ahí saltaba mi problema. Intenté hasta los 17 años, después desistí. Mi plan A siempre fue el fútbol, pero no funcionó.

 

Cuando te enfermaste, tu mamá siempre estuvo a tu lado…

Mi mamá (Carmen Rada) siempre estuvo al lado mío. Recuerdo que ella podía ir solo los fines de semana. Uno de mis hermanos, que en ese momento era muy chiquito, no iba porque era muy peligroso por los contagios. La vieja me ayudó en todo, es grandiosa. Se podría haber contagiado, pero las madres son únicas, y a ella no le pasó nada, además por los hijos siempre daba todo. Cuando me visitaba, me traía figuritas para llenar mi álbum de Peñarol, revistas y hasta una pelota que nunca pude usar porque no podía correr, pero ahí estaba y la miraba. En esos tiempos no había Internet, me divertía con un trompo, con bolitas.

 

¿Te da tristeza recordar esa etapa de tu vida?

No. Tuve la suerte de borrar la parte triste de esa historia. Yo me acuerdo de las cosas buenas. Las enfermeras me querían mucho, y yo a ellas. Cantaba, hacia bromas, y así pasaba el tiempo.

 

¿Tu papá dónde estaba?

Mi papá (Raúl Rada) en ese momento estaba separado de mi mamá. Tuvieron unos problemas, y él no dio el brazo a torcer y se fue. Como estaba enojado con mi vieja, no me venía a ver al hospital. De grande, lo fui a ver, comimos juntos, pero las cosas eran diferentes. A él lo respetaba porque me trajo al mundo, pero nada más, no sentía amor. El aprecio y el cariño que tenía con mi mamá no se comparaban.

 

¿Dónde y con quienes vivían tu mamá, tus hermanos y vos cuando tu papá se fue?

Yo nací en Palermo (Uruguay). A los dos años, como mis padres se pelearon, nos fuimos con mi madre y mis dos hermanos, Martín y Walter, a vivir al barrio italiano de Uruguay. El barrio era totalmente blanco, los únicos negros éramos nosotros. Vivíamos con cuatro tías, primos, todos juntos. Hacíamos mandados a la farmacia, cortábamos el pasto y otras cosas para colaborar con la familia.

 

¿Qué recuerdos tenés de aquella infancia?

Con mis amigos, primos, hermanos, jugábamos al fútbol en la cuadra de mi casa. También robábamos ciruelas y manzanas de los árboles porque queríamos imitar a los ladrones. Nunca me voy a olvidar cuando mi tía y mi mamá hicieron un gran esfuerzo para comprarnos en Reyes todo el equipo de Peñarol: zapatos de fútbol, medias, camisetas. Eso fue lo más lindo que recuerdo de mi infancia, jamás lo olvidaré.

 

¿Y el colegio?

Iba a la escuela Joaquín Mestrea la mañana, y a la tarde al colegio Austria. Me echaron a la mañana y pasé a la tarde, me echaron a la tarde y me fui a otra, pero también me echaron. No era un buen alumno. Me escapaba de la escuela porque quería jugar. Me acuerdo de que me sentaba cerca de una ventana que daba al exterior, donde estaba mí hermano mayor con una pancarta que decía «¡Necesitamos que seas el arquero del equipo!», y yo me escapaba emocionado. Mi vida era un poco alocada, mucha muchachada, barra en las calles. Mi mamá no podía sola. Creo que en eso sí faltó un rezongo o un guiño paterno.

 

Según contás, todas las profesoras eran malas, y eso tenía que ver con tus complejos de inferioridad. ¿Cómo es eso?

Así es. Yo tenía graves complejos porque era negro. Pensaba que me iba mal, que tenía malas notas y demás por mi color de piel; incluso creía que todas las profesoras eran racistas. También creía en la tontería de que los blancos eran superiores. Muchas familias negras del Uruguay vivieron con ese peso muchos años. Pasaba que en algunos bailes no te dejaban entrar por el color de piel, cuando hacia la cola en los boliches me miraban y me decían que me vaya. Eran otras épocas, el país se estaba construyendo. De grande, me encontré con la maestra Esperanza, de primer grado, y le pedí disculpas por mi accionar durante tantos años, y ella me perdonó.

 

¿Cómo superaste esa etapa?

Aprendí a querer y a quererme, me empecé a conocer y a descubrir lo que valía, quién era. Entendí que hay solo una vida para vivir, y no dos. Ahí fue cuando empecé a vivir de otra manera y a superar muchos complejos. Hoy reconozco que los racistas solo me dan pena.

 

Tu plan B fue la música…

Sí.

 

Contame el momento en que decidiste hacer tu carrera como cantante.

Me gustaba ir a la iglesia. Era muy creyente, incluso llegué a ser monaguillo. Un día, cuando estaba muy triste porque veía morir a muchos compañeros en el hospital, miré hacia arriba y le pedí a Dios que me diera otra cosa que hacer, ya que no podía volver a jugar al futbol. Esa otra cosa que hacer fue la música. Si bien ya cantaba en las murgas y demás, fue en ese momento cuando decidí hacer mi carrera como cantante.

 

¿Dónde estudiaste y cómo te fuiste profesionalizando?

La gente estudia música, y yo estudié a los músicos. Tuve la suerte de estar con grandes profesionales, como Eduardo Mateo, Pedro Ferreira, los Fattoruso, el bajista de Opa y muchos otros que me ayudaron muchísimo a componer de verdad. De todas formas, pienso que todo en mi música es totalmente intuitivo, soy intuitivo hasta para ser padre o director de mi banda. Tengo la cabeza llena de música todo el tiempo, y la composición surge, nace.

 

Argentina fue tu verdadero trampolín…

Pienso que somos un país chico que está rodeado de dos gigantes: Brasil y Argentina. El músico uruguayo piensa que es superior a estos dos gigantes, por eso se esfuerza todos los días para trabajar profundamente en el sonido, la estética, las letras, para dar lo mejor. Esta creencia nos hizo llegar a la Argentina, como lo hicieron en su momento el cantante de tango Carlos Roldán, Los Iracundos, Julio Sosa, No te va a gustar, La Vela Puerca, yo y muchos otros. Cuando nos cruzamos al frente, queremos arrasar con todo, y estamos agradecidos del recibimiento de nuestros vecinos. Nos preparamos en Uruguay, no solo para triunfar en Argentina, sino en el mundo.

 

Uno de tus primeros hits fue «Las manzanas»…

Fue en el año 1965. Mateo me dijo que me preparara un tema. Fui a la Rambla a componerlo, tardé dos horas. Lo titulé «Las manzanas», era una tontería. Se lo mostré a Mateo, y lo preparamos en el camarín para tocarlo esa misma noche en Uruguay. En el concierto tuve que tocar el tema más de cuatro veces porque la gente estaba enloquecida. Ahí llegó la popularidad, la fama. Además, «Las manzanas» me salvaron de la cárcel.

 

¿Por qué?

Una tarde, en época de proceso militar, íbamos en taxi con cinco músicos. Nos paró el Ejército para detenernos. Uno de los oficiales exclamó: «Es el negro Rada, que se cante el tema de “Las manzanas”». Gracias a eso, nos salvamos de la detención.

 

¿Cuál fue tu primera presentación en vivo y cómo se sintió?

A los nueve años, ya cantaba con las murgas en el Teatro de Verano, ante más de 5.000 personas. Mi primer concierto como solista fue en el Teatro Galpón, me sentía más ducho arriba del escenario porque previamente había estado con El Kinto Conjunto (junto a Mateo), con Tótem, Opa. Sentirme más ducho no significaba estar relajado o desconcentrado; si estás flojo arriba del escenario, o te la creés, es el día perfecto para equivocarte. Siempre hay que estar atento, por respeto a la música y al público, proponiendo opciones diferentes para que la gente se divierta y se vaya bien arriba.

 

Elton John te pidió que seas parte de su coro en Europa, pero dijiste que no…

Sí, fue cuando inauguraron en el ’73 el Hotel Sheraton de Buenos Aires, y cantábamos allí. Yo imitaba a Elton John. Un día él me vio, y a los pocos días quería que sea parte de su coro en Europa, pero no quise porque estaba con mi banda SOS y no los iba a dejar.

 

Me imagino que uno de los logros más grandes de tu carrera fue haber cantado con Mercedes Sosa.

Fue uno de los mejores momentos de mi vida. Recuerdo que me llamó El Matus y me dijo: «Mamá quiere que cantes con ella». Participé en su CD Cantora y fue maravilloso, me divertí mucho. Yo siempre traté a laNegra con mucho cariño, y no como otros músicos, que le hacen excesiva reverencia. Le coqueteaba y le decía: «Vos me llamás porque estás muerta conmigo». Ella era muy coqueta y muy profesional.

 

¿Cómo se conocieron?

Cuando volvió del exilio, me mandó a llamar para que toque con ella en el Ópera. Me acuerdo que ese día hice todo mal, me hice el crack y salió horrible, me olvidé la letra, estaba nervioso, por eso no salí en su primer disco después de su llegada a la Argentina. Cuando murió, sentí gran pena, porque era el momento en que ella tenía que disfrutar después de haber hecho tanto esfuerzo durante su vida lejos del país. Ese cacho de voz, de personalidad, no lo tapás con nada. No quedó un espacio vacío, sino un país vacío.

 

¿El humor que siempre te caracterizó es un mecanismo de defensa para evadir la tristeza?

Claro que no. Yo me manejo con el humor en la vida, arriba de los micros, en los ensayos. No me gusta subir al escenario y hacerme el serio. Creo que el contacto y el humor con el público son una caricia, lo suavizan. Lloro de emoción cuando puedo ver la belleza en los demás. Una tarde, cuando descubrí la belleza de Frank Sinatra, en un show que dio en México, lloré sin parar durante todo el concierto.

 

A lo largo de tu carrera, sentiste el sabor del éxito y del fracaso. ¿Cómo se le hace frente a esos altibajos, hay una receta?

Se le hace frente componiendo, siguiendo para adelante. En los ’80 tenía que dar un concierto en el Alvear, y fueron solo 10 personas. Me fui a México porque se me hundía el barco; allí compuse «Aparte de ti tu boca», que fue uno de los grandes éxitos en Argentina. Hay que saber asumir los errores, los fracasos, para seguir adelante, y saberse renovar si el público no te acepta.

 

Formaste parte de exitosas tiras televisivas, como Gasoleros, y la última en Uruguay con Florencia Peña, Porque te quiero así. ¿Cómo surgió tu faceta como actor, cómico, showman?

Desde siempre. Yo trabajé en Uruguay con el cómico Cacho de la Cruz y muchos otros, desde chiquito hago reír. La comicidad es natural en mí. Adrián Suar visitó mi casa para que actúe en Gasoleros, yo le dije que no era actor, y él me contestó: «Hacé de Rada que me encanta».

 

¿Y el teatro?

Muchas veces Nito Artaza y otros me han ofrecido subirme a las tablas, pero siempre dije que no. No me gusta el ambiente, lo veo todos los días en televisión y escapo a eso. El precio mediático es muy alto. Yo no quiero vivir de eso, y mucho menos pasar por mentiras ni juegos televisivos.

 

Cuando llegás a la meta, a un cierto nivel jerárquico, a la fama, ¿cualquier sueño es realizable?

La fama no te da todo. No piensen en eso. Tenemos problemas como todos. Además el mundo siempre fue de los bonitos, como lo es en el caso de Ricky Martin.

 

¿Qué costo tiene la fama?

En mi caso, llegar tarde al banco por ejemplo. En el camino me paran fanáticos para sacarse fotos, y nunca llegó a tiempo, el banco siempre me cierra en la cara. Qué se le va hacer, no puedo mirar a un costado cuando se trata de mi público, de los que me siguen.

 

Entonces, te gustaría pasar desapercibido…

No. A mí me gusta la fama, siempre me gustó llamar la atención.

 

¿Por qué o por quién dejarías todo lo construido artísticamente?

Es imposible dejar de ser artista o, en mi caso, dejar la música, dejar de componer, esto es lo que soy. Si no pudiera hacerlo, lo haría a escondidas.

 

¿Qué recomendaciones darías a los estudiantes para que en un futuro puedan subsistir en el medio?

Estudiar. La gente puede tener mucho talento, pero eso no alcanza, hay que estudiar porque hay infinidad de cosas que se logran con técnica, no con talento.

 

¿Cuál es tu rincón?

Montevideo. Y cuando se van todos de vacaciones mejor. Me gusta caminar solo y pensar en soledad.

 

¿Y tu sueño?

Mis tres hijos: Matías, Lucila y Julieta. Ellos y mi nieto son mi sueño, quiero que sean felices con la vida, yo siempre voy a estar cuando me necesiten.

 

¿Alguna vez pensaste en desaparecer?

A veces tengo ciertas «depres» y quiero estar solo, encerrarme en mi casa, desaparecer del mundo.

 

¿Qué quisieras hacer antes de morir?

Todos los discos que no hice, como Solo candombe, uno de tango, Amoroso pop y Ritchie Family. Si llego a eso, soy como Gardel.

 

¿A quién le das las gracias?

A una profesora que se llamaba Clementina Gómez, que me enseñaba piano. Ella iba a mi casa llorando y le insistía a mi mamá para que no dejara el piano ni la música porque tenía un don y un ángel especial. A mí me gustaba la calle, por eso no fui más. Pero hoy ella estaría contenta porque la música no la dejé. Clementina me inspiró para que no deje de cantar. También me ayudaron mucho Cacho de la Cruz, Hugo Fattoruso, Eduardo Mateo y todos los músicos que trabajaron conmigo.

 

¿Nuevos proyectos para 2012?

Sacamos hace muy poquito El álbum negro, un CD con 50 temas de diferentes estilos, con todo el historial Rada, exclusivo para los amantes de mi carrera musical a lo largo de estos años. Otra de las promesas 2012 es bajarme los pantalones como hizo en su momento Charly.

 

(Vía:elgranotro.com.ar)

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