Las llamadas de San Baltasar- Oscar Montaño

El Candombe ha sido la síntesis, suma o amalgama de la contribución de más de 20 pueblos africanos, cuyos integrantes fueron traídos por la fuerza de su tierra natal.
Desde antes del año 1800 los africanos de estos diferentes pueblos se reunían todos los 6 de enero a invocar por intermedio de la figura católica de Baltasar, rey mago afro, a sus entidades espirituales sin despertar sospechas en las autoridades y en los “amos”.
A comienzos del siglo XIX los cantos y bailes se efectuaban en la Plaza del mercado y en el Cubo del sur, que daba frente al mar en la costa sur. Tenían lugar especialmente entre el 25 de diciembre y el 6 de enero, fechas en que las autoridades los permitían por cuanto iban precedidos de visitas de cortesía y de pleitesía a las casas de los principales dignatarios. Además se repetían, esporádicamente, en cuanta oportunidad viniera bien, aunque esto fue lo que dio origen a las reiteradas protestas de los vecinos y, consecuentemente, la prohibición del Cabildo en los primeros tiempos y de la Policía posteriormente.
Candombe es el nombre genérico que se le dio a las diferentes danzas, de origen africano, en estas tierras. Cada uno de estos más de 20 pueblos tenía su idioma, su forma de ser ver y sentir, su cultura, sus danzas y cantos (dependiendo la situación si era de celebración o funeral). El Candombe es el “producto”de la unificación en un único concepto.
CANDOMBE. Palabra derivada del prefijo Ka y de Ndombe (pueblo angoleño), del idioma Kimbundu, rama de las lenguas bantúes que se hablan en el Congo, en Angola y en distintas zonas de Africa del Sur. Puede decirse que etimológicamente, el vocablo sería un aporte Banguela, por haber sido éste el pueblo Ndombe más numeroso y que más notoriedad tuvo en Montevideo.
Pero si hablamos de la conformación, del concepto musical, la danza, la simbología que va conformando el Candombe a lo largo de todo el siglo XIX, allí sí no hay dudas acerca de aportes de los diferentes pueblos africanos que mantuvieron sus Salas de Nación.
El papel que cumplió el Candombe fue fundamental, resistiendo a todos los embates de la esclavitud, a toda la represión constante y diaria que sufrían. Era una forma de reacción y rebeldía a las imposiciones y al avasallamiento de que eran objeto. Era mantener sus costumbres y mediante ellas sentirse vivos.
No olvidemos que en tiempos de la República continuó existiendo la esclavitud.
El Candombe tenía una riqueza instrumental impresionante, siendo la expresión cultural mayor de los afrouruguayos. Su raíz es inequívocamente africana.
Existían varias formas de ejecutarlo, dependiendo de la nación y también de si se estaba en una ceremonia dentro de la Sala de Nación o en la calle. No se puede establecer con precisión cuándo se comenzó a tocar caminando.
Lo que sí es seguro es que aquel Candombe era diferente al de hoy en día.
La riqueza instrumental del Candombe dentro de la sala era inigualable. Porque en la calle, cuando se iba en procesión o a saludar a las autoridades quienes daban la nota eran los tamborileros además de los personajes típicos, sobretodo del bastonero o escobero que dentro o fuera de Sala era un verdadero director de la “orquesta” del Candombe, aún no comparsa. Pero dentro de la Sala la riqueza instrumental aumentaba, al igual que los candombes que se realizaban en las “canchas” del Cubo del Sur o en otro lugar prefijado, en el que realizaran una participación fija, sin caminar.
Ahí, en esos casos, a los tambores que se colgaban con una correa, llamada talín, que se cruzaba en el hombro derecho, se sumaban la tacuara, la huesera, el mate o porongo, la marimba, los palillos, trozos de hierro, el Macú (tambor ceremonial), a los que se agregaba la denominada Bambora. Este instrumento no ha aparecido mencionado en otros documentos, así como tampoco existe una descripción sobre la forma y función del mismo.
SAN BALTASAR.
Durante la época colonial, cuando el candombe estaba en su cenit, en su época cumbre, los africanos los organizaban todos los domingos, considerándose grandes fiestas Año Nuevo, Navidad, Resurrección, San Benito, Virgen de Rosario y San Baltasar.
Las conmemoraciones de San Baltasar, los 6 de enero, eran lo excepcional, cuando se lucía toda la pompa que era posible, lo que nos ha llevado a pensar que pudo tratarse de la evocación de una deidad de las de más alta significación dentro del santuario africano.
En cada Sala de Nación en que se dividía la población afro se reunían a realizar sus rituales. Las salas estaban bien organizadas, regidas por normativas. Contaban con rey, reina, príncipe y otras autoridades. Estas reuniones se celebraban periódicamente y también tenían lugar fuera de la ciudad, en “extramuros”. Todos acompañaban a los tambores y demás instrumentos con palmas y cantos.
“Se bailaban tangos, chinchiría, chindá, tam tam, hasta la puesta del sol, en medio de las libaciones que acentuaban aún más, el bullicio propio de la fiesta. Los “tíos” lucían casacas, levitas, corbatines, bicornios o galeras altas y las negras sus vestidos, blondas, cinturones, collares, sombrillas, etcétera, de un abigarrado colorido. Cada sala tenía su trono con dosel y cortinajes, y el altar de San Antonio o San Baltasar, y a la puerta el platillo que recibía las ofrendas de los asistentes, bajo la custodia del “capitán, guardián de la puerta y de la colecta”. En los tronos aparecían sentados con grave actitud los Reyes, con sus charreteras en los hombros, las casacas galoneadas, pantalón blanco y faja negra y a su lado las Reinas, que unía a su rango, el prestigio de ser la mejor pastelera de Montevideo, rodeados todos por las princesas y camareras que atendían el ceremonial.
Terminada la ceremonia, se dirigían en corporación y por naciones, a la residencia de las autoridades. Luego de 1830, a la del Presidente de la República, quien los recibía rodeado de sus Edecanes. También visitaban a los Ministros, al Vicario y Jefes Militares. Ratificaban ante las autoridades su fidelidad y respeto y recibían, a cambio, las donaciones de dinero tradicionales, que solventarían los gastos de los clásicos banquetes, que tenían lugar en cada sede, donde lucían su habilidad las “tías” y morenas y donde corría la chicha, la caña de La Habana y el famoso guindado oriental, preparando los ánimos para el gran candombe que seguía a continuación. Estas danzas han sido descritas repetidamente.” (1)
Hacia 1880 aún había varias danzas y toques heredados de determinadas naciones africanas. Pero africanos, africanos, no quedaban muchos.
Varias Salas de Nación, integradas por los descendientes de aquellos africanos, lograron sobrevivir hasta entrado el siglo XX con prácticas rituales tradicionales.
En cada Sala se cultuaba las entidades religiosas que habían logrado mantener vivas a pesar de tanta represión; en algunos casos reprodujeron imágenes, realizadas por “crudos” artistas como apunta Marcelino Bottaro, y en otras teniendo a San Benito o a San Baltasar como patronos.
LAS LLAMADAS.

En Montevideo al menos desde 1760, domingo a domingo, “los amos permitían a sus esclavos que fueran a sus “canchitas” alineadas a lo largo de la muralla que cerraba y cuidaba la ciudad”. Esas “canchitas” eran pequeños espacios de tierra apisonada, con una capa de arena, y allí se reunían todos los africanos de acuerdo a su nación.
“En la pequeña ciudad amurallada, cada grupo iba “llamando” a sus compañeros, los que salían de las casas de sus amos, y se reunían con quienes los “LLAMABAN” desde la calle o desde la canchita.” Los integrantes de cada pueblo tenían su forma característica de ejecutar los instrumentos, que no eran únicamente tambores.
Isidoro de María relata que cada nación “tenía su canchita de piso de tierra alisada, cubierta con capa de fina arena. Y así los cabindas, benguelas, magises, casanchez, moyolos, lubolos, etcétera, se reunían los domingos para sus cantos y bailes entonando sus cadenciosos ‘yé, yé, yé, Calunga yé, eeé llumbá’.” (2)
“La palabra “llamada” pasa a través del tiempo y ya a fines del siglo XIX y en el XX se “llamaban” los miembros de una comparsa o se unían los negros de cada barrio, que iban a “visitar” otros barrios: Los de “Ansina” (Barrio Reus al Sur) iban hasta el conventillo de Gaboto (Gaboto entre Cerro Largo y Paysandú), o los de Gaboto iban hasta el “Medio Mundo” en la calle Cuareim. También se pueden percibir, aún ahora, distintos matices de sonoridad o ritmo según el barrio a que pertenezca la “llamada”.” (3)
“Se ha dicho que las llamadas actuales –que en el carnaval montevideano han adquirido inusitada y singular vibración- constituyen una superviviencia de las antiguas llamadas afrouruguayas que tenían por finalidad “citar” a los tamboreros que no habían concurrido con puntualidad a la “sala” de alguna “nación”, para luego visitar a las autoridades nacionales: el presidente de la República, el jefe de policía, atcétera. Con este objeto, los instrumentistas surcaban las calles principales de la capital del país amigo y, mediante sus “toques”, llamaban a los rezagados y ausentes.
En realidad, poseían una acepción mucho más amplia y significativa y una tradición que salta con agilidad las reducidas fronteras del Uruguay para situarse en pleno corazón de la manigua africana. Porque resulta incuestionable que allí tienen enclavadas en forma vertical sus amplias, potentes y feraces raíces.
También ha existido en el África esa manifestación cultural y se perpetúa hasta la hora actual. Los yorubas, de Nigeria, en la zona occidental del inmenso continente, para citar únicamente un caso aislado, poseen no sólo llamadas tamborísticas sino también vocales. Y en toda la patria de los africanos disfrutan de idéntico sentido y ejercen la misma función que alojaban en el seno de la “colectividad” afrouruguaya. Es decir, la comunicación entre seres separados por determinadas distancias espaciales.” (4)
El musicólogo Luis Ferreira cita expresiones de Armando Ayala y Villalba, religiosos africanistas, sobre “La Llamada”. “La ‘llamada es la preservación de su tradición, es el homenaje a sus ancestros representados en ese toque de tambor que es el originario de su barrio pero más importante que eso su nación, que aunque no lo sepan está viva en su sangre, en su corazón y en sus ojos que se iluminan cuando el ritmo se hace más fuerte’ (Ayala). ‘la llamada aún sigue convocando sus ancestros, rindiéndoles culto y pidiendo protección, aún cuando muchos tocadores ignoren lo que hacen, o se haya perdido la significación en el tiempo’ (Villalba).
En esta perspectiva Los Tambores y La Llamada son expresión de una realidad espiritual subyacente que revive valores y principios culturales de las naciones africanas llegadas forzadamente a esta parte de América: el culto al alma de los muertos protectores de sus linajes. Los tambores evocan a los antepasados y a la vibración de las casas en que vivían, ‘parando frente a alguna casa, efectuando una marcha en dirección transversal a la que venían, tal como se hacía frente a la casa de los dolientes’ (Villalba). No parece sólo casualidad que aún hoy el recorrido tradicional de los Tambores de los barrios Sur yPalermo termine en una plazoleta frente al Cementerio Central, uno de los más antiguos de la ciudad, desde donde se hace la marcha en sentido contrario: ‘por respeto frente al cementerio hacen una parada, y diremos que esa marcha en sentido contrario que realizan tiene mucho que ver con el retroceso que realizan los integrantes de ciertas naciones en una de sus misas por el eterno descanso de su familiar…’ (Ayala). Seguramente en el siglo XIX el culto a los muertos se manifestaría durante el recorrido de Los Tambores y de Las Llamadas en tanto duelo del carnaval: la marcha del cortejo se detiene en el cementerio y delante de aquellas casas de los miembros relevantes de las familias negras, de las cuerdas y de las comparsas, ya fallecidos. Si bien este último rasgo ha caído en el olvido habría caracterizado la función de sustituto del linaje que tomó la familia, la comparsa y la orquesta de tambores en la comunidad afrouruguaya, ya desaparecidas las Naciones y las cofradías del siglo XIX. El origen cultural africano se confirmaría por la importancia dada al culto de los ancestros.” (5)
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Citas.
(1)Isidoro de María, Montevideo Antiguo. Montevideo, Edición Amigos del Libro Rioplatense, 1938, p.279.
(2) Ibid.
(3)Francisco Merino, El negro en la sociedad montevideana, Ediciones de la Banda Oriental,1982,pp.17-18. (4)N. Ortiz Oderigo. Aspectos de la cultura africana en el Río de la Plata, pp154-155.
(5)Luis Ferreira, Los Tambores del Candombe, p.191.

(Vía: Chasque.net)

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